Coro de Cámara de Madrid

PRIMERA PARTE

.Arvo Pärt (Estonia 1935-)

Mother of God and Virgin

.Olivier Messiaen (Francia 1908-1992)

O sacrum convivium

.Benjamin Britten (Inglaterra 1913-1976)

Hymn to the Virgin

.John Tavener (Inglaterra 1944-)

Song for Athene

.Hugo Distler (Alemania 1908-1942)

Singet dem Herrn

.Maurice Duruflé, (Francia 1902-1986)

4 Motets sur thèmes grégoriens

.Aaron Copland, (EEUU 1900-1990)

Four motets

.Francis Poulenc, (Francia 1899-1963)

Salve Regina

.Béla Bartók (Hungría 1881-1945)

Villancicos rumanos

SEGUNDA PARTE

.Astor Piazzolla (Argentina 1921-1992)

Buenos Aires hora cero

Adios Nonino

.Rodolfo Halffter, (España-Mexico 1900-1987)

Tres epitafios, op.17

.Arnold Schönberg (Austria 1874-1951)

Verbundenheit

.Einojuhani Rautavaara (Finlandia 1928-)

Suite de Lorca

Lähto

.Goffredo Petrassi (Italia 1904-2003)

Nonsense



NOTAS AL PROGRAMA

Una década después de su finalización, todavía resulta difícil sistematizar la creación musical del siglo XX. A la carencia de la necesaria perspectiva, que sólo el paso del tiempo puede proporcionar, se une la enorme diversidad de estilos que van surgiendo y desapareciendo a lo largo de esos cien años. Esta pluralidad otorga a la música del siglo XX una apariencia de falta de homogeneidad que contrasta abruptamente con lo que ocurre en épocas anteriores, presididas por estilos diferenciados y fácilmente caracterizables, como el Renacimiento, el Barroco, el Clasicismo o el Romanticismo.

Ya desde finales del siglo XIX, coexisten el surgimiento de las primeras vanguardias, como el Simbolismo-Impresionismo de Debussy, y la continuidad con la tradición romántica, que da lugar al Postromanticismo de Mahler, Strauss o Reger. Pero es sobre todo a partir de la 1ª Guerra Mundial cuando la incesante aparición de sucesivos “ismos” convivirá con movimientos sólo en apariencia más retrógrados (los “neo”) y con otros estilos muy diversos más o menos continuadores de la tradición anterior.

Hacia la mitad del siglo, se pudo tener la engañosa apariencia de que la composición musical cristalizaba en torno a dos grandes corrientes: el Serialismo integral y la Aleatoriedad, tan aparentemente divergentes en sus planteamientos y, paradójicamente, a menudo tan similares en sus resultados sonoros. Pero ni siquiera en esos años de la posguerra puede hablarse de una estética predominante y universalmente adoptada por los autores de la que, sintomáticamente, se sigue llamando “música del siglo XX” o incluso “música contemporánea”.

Ante este panorama, resulta lógica la falta de unidad de las obras que integran el programa de este concierto, lo cual no debería ser un obstáculo, sino más bien un aliciente, para su total disfrute. Conviven muestras de la extraordinaria y poco habitual obra coral de Arnold Schönberg, el creador del atonalismo y más tarde del dodecafonismo, al lado de la exquisitez de figuras como Benjamín Britten, Francis Poulenc o Maurice Duruflé, cuya negativa a abandonar totalmente la tonalidad pudo en su momento acarrearles la acusación de retrógrados.

Junto al nacionalismo vanguardista de Béla Bartók, que busca en la riqueza de escalas y ritmos del folklore rural las raíces de la música del futuro, encontramos al argentino Astor Piazzolla, el músico que convirtió en arte culto la quintaesencia de las danzas populares urbanas de su país; un músico tan ligado al tango, que, según se afirma, en su vida apenas fue capaz de escribir algo en ritmo ternario. También la música popular, junto al neoclasicismo del gran Igor Stravinsky, es una de las influencias determinantes en la obra del estadounidense Aaron Copland, que al igual que Piazzolla, pasó una etapa como estudiante en París recibiendo las enseñanzas de Nadia Boulanger, una de las figuras claves de la docencia musical del siglo XX.

Las circunstancias históricas son siempre determinantes en la música, como en cualquier otra dimensión del ser humano. Las grandes tragedias de las guerras mundiales, especialmente la segunda, marcaron las vidas de los propios Schönberg y Bartók, obligados a abandonar sus países y fallecidos ambos en Estados Unidos. Parecido sino siguió el español Rodolfo Halffter, cuya adscripción y compromiso personal con la causa republicana, le obligaron a exiliarse en México al término de nuestra Guerra Civil. Allí se convirtió en referente musical y en uno de los primeros compositores españoles en adoptar el dodecafonismo. Pero el destino más trágico es seguramente el del compositor alemán Hugo Distler, gran figura del movimiento de renovación de la música luterana de su país. La convivencia diaria con los horrores del nazismo le llevó al suicidio en 1942, tras fuertes enfrentamientos con unas instancias oficiales incapaces de apreciar la validez de su estética musical.

También el francés Olivier Messiaen sufrió reclusión en un campo de concentración durante la ocupación de su país por los nazis. Figura central de la música del siglo que nos ocupa, la mezcla de elementos rabiosamente vanguardistas con otros procedentes de la cultura hindú, la sinestesia, el canto de los pájaros y una profunda fe católica crean una obra única y personal, fácilmente reconocible y enormemente expresiva. El carácter vanguardista y experimental es también muy acentuado en la obra de Goffredo Petrassi, un músico cuya falta de dogmatismo le lleva a superponer los recursos más tradicionales junto con los más modernos, ejercitando un sano y profético eclecticismo que será una de las señas de identidad de la creación del último cuarto de siglo. Es lo que observamos también en la obra del finlandés Einojuhani Rautavaara, cuyo dominio de la técnica compositiva, junto a un refinado sentido tímbrico, le permiten dar coherencia a obras tan dispares como las piezas que integran su colección de poemas de nuestro García Lorca.

Originado en Norteamérica, el Minimalismo, estilo caracterizado por la utilización repetitiva de elementos musicales muy simples, tuvo un enorme éxito durante el fin de siglo. En su vertiente europea, este movimiento se tiñe a menudo de espiritualismo y adquiere un carácter neorromántico, como sucede en la obra del estonio Arvo Pärt o del inglés John Tavener, hábiles creadores de atmósferas estáticas, cuya falta de evolución armónica ejerce un efecto casi hipnótico sobre el oyente.

Como se ve, el programa del concierto es un pequeño muestrario de la enorme riqueza musical del siglo pasado, una etapa caleidoscópica de la música, cuya enorme variedad invita, más que en ninguna otra época, a una escucha atenta y desprejuiciada, no empeñada en buscar a toda costa elementos sonoros familiares ausentes, sino que antes bien permanezca abierta, dejándose sorprender y disfrutando de la belleza en sus más diversas manifestaciones, por muy chocantes o contradictorias que sean.

Notas redactadas por César de Dios

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